Los arroyos del hombre
Desde los tiempos
de la fundación, la ciudad se proveía de agua en la ribera.
Como no había puerto, resultaba fácil llegar hasta allí para
bañarse o recogerla. Era común ver a la gente tomando baños
ahí nomás donde ahora están las avenidas Paseo Colón y Leandro
N. Alem.
Sobre las toscas realizaban sus tareas las lavanderas, y luego,
el agua turbia del Plata era recogida por los aguateros, quienes
la repartían en carros. El único modo de depuración conocido
consistía en asentar las basuras que el líquido traía en suspensión.
Era depositado en tinajas de barro, y allí se le echaba una
pizca de alumbre para hacerla más potable.

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En
el mismo lugar donde trabajaban las lavanderas, los aguateros recogían
el agua para beber. Pura agua turbia, con lodo y suciedad, vendida por cinco
centavos, o dos canecas. |
| En
el siglo XVII se inició aquí en Buenos Aires la excavación de pozos de
balde, que llegaban hasta la primera napa con una profundidad de 6 a 10
metros, o incluso un poco más, según la zona en que estuviere. Esos pozos,
de un metro de diámetro, tenían en su boca un brocal, o sea una pared
pequeña rodeando el agujero, construido con ladrillos y más tarde, en
el siglo XIX, de mármol tallado. El agua de las napas era bastante salada,
por lo que seguía siendo necesario comprarle al aguatero para beber.
Los jesuitas, en el
siglo XVII, comenzaron a construir aljibes, que son cámaras o cisternas
subterráneas con un brocal superior, adonde llegaba el agua de lluvia
desde las terrazas o patios mediante cañerías de hojalata o cerámica,
y desde 1860 también por caños de hierro o plomo. Estos aljibes estaban
totalmente aislados de la tierra con paredes, piso y la parte superior
abovedada; algunos tenían escaleras para bajar y limpiarlos; otros tenían
un pozo de decantación más pequeño en el medio del piso. Hay evidencias
de cámaras subterráneas de 10 metros de alto, con formas rectangulares
y circulares. El agua de los aljibes se utilizaba para beber y cocinar.
Hacia fines de 1700
se implementaron un conjunto de medidas procurando sobre todo el trazado
e higiene de calles, y se realizaron los primeros ensayos de iluminación,
pavimentación, calzadas y desagües. Luego en el siglo XIX el tema de la
provisión de agua y los desagües pluviales y cloacales fueron la gran
preocupación de la población, que crecía a pasos agigantados.
Promediando el siglo
XIX, y al llegar el primer ferrocarril, que necesitaba agua dulce para
funcionar, unido a la decisión de terminar con las epidemias que desbastaban
a la población, se resolvió por fin entubar el agua y hacer obras en serio.

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Ilustración
del Siglo XVIII que advierte sobre los efectos nocivos de la cercanía entre
los pozos negros y los pozos de agua para beber.
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| Construcción
de los primeros caños de distribución de agua potable, hacia
fines del Siglo XIX. |
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Las obras
fueron iniciadas en febrero de 1868 y habilitadas para el
servicio público el 4 de abril de 1869. El sistema de provisión
de agua se iniciaba en la toma del Bajo de la Recoleta, frente
a la quinta de Samuel Hale. Dos caños de hierro fundido se
internaban 600 metros en el río transportando el agua a tres
depósitos de decantación. Tres filtros operaban 5400 metros
cúbicos por día, volumen que era accionado por dos bombas
y absorbida por los pistones de las máquinas de inyección
y enviada a la ciudad. El depósito ubicado en la antigua Plaza
Lorea, (hoy extremo Este de la Plaza del Congreso) funcionaba
como un control de seguridad. Tenía 43 metros de alto y una
capacidad de 2700 metros cúbicos y se hallaba sostenido por
7 pilares, el del medio rodeado por una escalera de caracol.
La cañería abarcaba 177 cuadras, habiéndose propuesto ampliarla
a 353. En su recorrido se instalaron surtidores públicos.
A pesar de estos avances todavía la provisión de agua corriente
restaba mucho de ser la deseada.

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Primeras
construcciones de la planta de purificación del Establecimiento Recoleta.
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Luego
el Ing. Bateman diseñó el sistema del llamado Radio Antiguo,
con una previsión que alcanzaba hasta 400.000 habitantes.
Sin embargo, la cantidad de personas que habitaban Buenos
Aires en ese entonces, fue de 1.700.000, superando ampliamente
lo previsto por el ingeniero inglés.
Así fue
como se hizo necesario ampliar la red de depósitos gigantes
que se alzaban en los puntos más altos de la ciudad, empezando
por el depósito de Palermo, siguiendo por Villa Devoto y Caballito.
Entonces, se amplió la Planta San Martín, que para 1927 tenía
suficiente agua potable como para 6.000.000 de personas, desactivándose
la planta Recoleta.

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La
primera red sanitaria trazada por Bateman en el Siglo XIX, que
abastecía de agua potable al llamado Radio Antiguo de
la ciudad (un 25% de la población).
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Diez años
más tarde se aprobó un nuevo sistema de “ríos subterráneos”
que, en lugar de las cañerías de impulsión tradicionales,
vincularían los grandes tanques de la ciudad con la planta
depuradora General San Martín para el suministro domiciliario.
El nuevo método, puesto en marcha recién en 1941, modificaba
la alimentación de los depósitos de entonces, reemplazando
los conductos de impulsión por otros de gravitación, con diámetros
inusuales. Las cañerías corren a 20 metros de profundidad,
y con un diámetro que va desde 1,50 a 5,20 metros.
Así, el
primer río subterráneo instalado en Buenos Aires tuvo un recorrido
de ocho kilómetros y fue inaugurado por el Presidente Juan
D. Perón el 4 de noviembre de 1954 en la Estación de Bombas
Elevadoras Caballito; el año siguiente fue el turno para la
estación elevadora de Villa Devoto y, para asegurar el funcionamiento
de la red, la empresa había previsto además de la conexión
con el Depósito Córdoba (hoy desactivado), la construcción
de otros más en Colegiales, Vélez Sársfield y Constitución
que actualmente se llama Ing. Paitoví. Las obras entre Constitución
y la estación Lanús se iniciaron el 7 de febrero de 1965 y
diariamente estimaban abastecer con 700.000 metros cúbicos
de agua a una población cercana a los 800.000 habitantes.
En 1993
se contruyó el río subterráneo Saavedra-Morón en el que fueron
usadas dos tuneleras, similares a las empleadas en el Eurotúnel,
que, guiadas por láser, perforaban el suelo avanzando mensualmente
entre 300 y 600 metros; a su vez, desde un brazo mecánico
se colocaban las 78.000 piezas de hormigón armado.

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Diagrama
de la tunelera que realizó la excavación y el mapa del recorrido
del río. La máquina es conducida por una persona y el sistema
de pilotaje, similar al utilizado en los aviones, es asistido
por computadora dotada de una guía láser.
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El
momento en el que fue sacada a la superficie la cabeza de la
segunda tunelera, al concluir la construcción del río
subterráneo Saavedra-Morón.
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Interior
del río subterráneo Saavedra-Morón, antes de que entrara en funcionamiento
en octubre de 2000
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Hay tres
cloacas máximas en la ciudad de Buenos Aires, llamados “ríos
negros”. La primera arranca en Santa Fe y Pueyrredón, sigue
bajo Las Heras, Paraná, Saenz Peña, Biagorri y Vieytes, atravesando
el Riachuelo rumbo a la provincia de Buenos Aires. La segunda
parte de Congreso y Washington y la tercera comienza en Congreso
y Alvarez Thomas, en Villa Urquiza. Todas tienen “afluentes”,
y siguen una pendiente hasta la estación de bombeo de Wilde,
en la provincia de Buenos Aires; desde allí parten en conductos
hacia Berazategui, internándose en el Río de la Plata.
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